Encuentro

Encuentro

supongo que alguna vez, todos, hemos conocido y disfrutado en un lugar parecido…

Desde hacia varias horas que él la estaba observando sentado frente al espejo de la barra de aquel bar. Cuando entró por la puesta ella fue lo primero que vio y su corazón latía a mil por segundo y las manos comenzaron a sudarle, no sabía como reaccionar pero ahí estaba ella tan hermosa y radiante como el primer día, quizás más, así que sólo atino a sentarse en una esquina de la barra y frente al espejo para a través de este poder seguir mirándola.

Había ido a trabajar y lo menos que esperaba era volverla a encontrar y más allí, acompañada. Pero últimamente La Habana se había vuelto tan pequeña ante su mirada, que ya le parecía un pañuelo al que conocía todas y cada una de sus puntas. Pero encontrarse con ella!!! Bueno eso ya era otra cosa y ahora no podía dejar de mirarla, la forma en que cruzaba las piernas y las dejaba más al descubierto por aquel vestido corto que llevaba, su forma de mirar profunda, altanera y pícara que variaba según lo que hablaba. Ella sonreía y él deseaba besar de nuevo sus labios, seguía mirando y llegaba a sus hombros al descubierto, sus senos, su cintura, sus piernas, esas piernas que le volvían loco cuando se hallaba entre ellas, la miraba y no podía dejar de hacerlo.

Ella estaba concentrada hablando sólo con su pareja, provocándole y sin darse cuenta que también lo hacia con él y con todos los hombres que se encontraban en el bar, con cada uno que se podría haber cruzado por la calle al caminar, ella sólo miraba a su pareja pero todos la observaban y deseaban y ahí estaba él muriendo otra vez por los celos.

Olvido el trabajo, pidió un mojito, tenía que tomar valor o contener de una vez las ganas, el impulso de ir a su mesa, tomarla del brazo, sacarla de allí, llevarla a su casa; que le quedaba más cerca pero en aquel momento sentía tan lejos; y hacerle el amor una, dos, tres, cinco veces y todas las que su cuerpo le pidiera y que no eran pocas.

Pero no podía, sabía que había perdido ese derecho, hacía algún tiempo decidió alejarla de su vida, sin motivo, sin explicación, se estaba enamorando y sentía miedo por ello, ella tan guapa y decidida y él tan complejo y común, que va no podía creer lo que los ojos de ella le decían en aquel entonces cada vez que estaban juntos, siempre que despertaba a su lado o le hacia el amor, así que tomó el camino fácil para no salir herido y la aparto de su vida, ella no podía entender el porque y al principio le escribía, le llamaba y en cierto momento dejo de hacerlo, pero ahí estaba de nuevo sentada en aquel bar con un vestido tan rojo como la sangre que le estaba hirviendo a él por dentro.

Desde hacia rato ella se sentía observada, el peso de alguna mirada fija e inoportuna no le dejaba estar tranquila y se sentía inquieta al no poder descubrir cuál era entre los hombres del bar. Se sentía tan bien cuando llego, y hablaba, sí, y provocaba a su pareja, también sonreía pero algo no estaba bien ahora y quería saber que era, tenía que saberlo, así que decidió recorrer con la vista todo el lugar y ahí fue cuando le vio sentado en la barra de espalda a ella y frente aquel enorme espejo.

Sintió mil caballos galopando en su pecho y temió que su pareja los escuchara porque todos se desbocaban por salir al mismo tiempo, la sangre comenzó arderle y los ojos se le llenaron de un brillo más intenso, enrojeció más que su vestido al sentir que podían ser descubiertos sus pensamientos. Ahí estaba él, luego de varios meses sin verle, ahí se hallaba igual que siempre tan natural y bohemio, tan lleno de esa naturaleza de hombre y tan sensual a su manera, ahí estaba esa espalda que tanto le gustaba y que sería capaz de reconocer entre cientos de ellas y comenzó a disfrutar mirándola lentamente, imaginándola sin esa camisa encima, y vio cada lunar, aquella cicatriz, recordó cada centímetro que había recorrido besando, pasando sus manos, ahí estaba esa, su espalda, y quiso ser de nuevo aquella gota de sudor que seguro le estaría recorriendo a él en aquel momento y que luego moriría entre sus nalgas.

De repente él se vira y los dos no pueden parar de mirarse, de retarse con la mirada, de hacerse una y mil preguntas y buscar aquellas respuestas que quedaron suspendidas en el aire. Ella sentía que su pareja le hablaba pero le escuchaba tan lejos, como un murmullo del viento, ahora sólo podía y quería leer lo que decían aquellos ojos en la esquina de la barra del bar. No aguanto, no pudo hacerlo, al ver que él se iba levantando de su silla, tomaba de un tirón su bebida, pagaba la cuenta y se dirigía a su mesa, ella sin pensarlo dos veces y con ese impulso que da el deseo cuando arde en el cuerpo, tomo su cartera, miro a su pareja y sólo pudo decir –“Lo siento” –. Él llegó a la mesa dónde ellos se encontraban, le estiro su brazo y ella se aferró a él y sus manos estaban tan o más frías que el hielo, hasta que fueron entrando en calor con el roce de su piel.

Salieron juntos de aquel bar agarrados de la mano, paraban en cada esquina para acariciarse y besarse bajo la luz de los faroles, hasta llegar a la casa, atinar a quitarse la ropa y hacer el amor como dos locos hasta que las fuerzas y la vida los dejará, porque las ganas le sobraban. No hubo palabras, no hacían falta, sus ojos, sus cuerpos ya se decían todo lo que necesitaban saber. Ahora estaban juntos y en ese momento sólo eso importaba. Afuera el mundo se detenía, dejaba de existir y volvía a ser para ellos las cuatro esquinas de aquella cama.

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